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Desde que tengo uso de razón recuerdo haber visto esos colores que rodean a las personas, tanto a los que están aquí como de los que han partido. 

En mi entorno, no había nadie con el que pudiera compartir lo que me ocurría. En la adolescencia tuve un brote muy fuerte en el que podía hablar con los guías y seres queridos fallecidos de mis compañeros de instituto sin ningún tipo de problema. Pero por cuestiones de aceptación entre algunos de ellos, acabé cerrando esa conexión con el otro lado del velo.

Con el embarazado de mi primer hijo, esas conexiones se reavivaron de manera descontrolada. Yo lo vivía desde el miedo; por una parte no lo podía controlar y por otra parte no quería sentirme juzgada como en mi adolescencia. Poco a poco y con la ayuda de la que considero mi «madre espiritual» conseguí aceptarlo, controlarlo y entenderlo. 

Después de mucho tiempo de inseguridad, en julio del 2023, llegó el evento que transformó mi vida por completo hasta el punto en el que me encuentro hoy: saliendo del armario ahora ya sin miedo y sin tapujos, para poder ayudar a todas esas almas que lo necesitan, sea donde sea que estén.

No lo considero sólo como un don, si no como un deber de ponerme al servicio de la luz, de la fuente. 

Agradecida y consciente de este gran aprendizaje. 

Irene G.